miércoles, 11 de julio de 2012

El largo adiós Raymond Chandler

Había sido un asesinato brutal. La mujer era muy joven, muy guapa y muy rica. Y era la hija de un tipo influyente, que además tenía una cadena de periódicos. El caso podía ser sencillo y trasparente, o convertirse en un escándalo si empezaba a saberse que la chica era ninfómana, que se había comprado un marido para cubrir las apariencias y que entre sus más íntimas amistades había gente con dinero y fama suficientes para contratar los detectives por docenas. Y para que el caso fuera sencillo y transparente sólo se necesitaba un buen chivo expiatorio. Un hombre muerte es el mejor chivo expiatorio del mundo: ya no podía hablar. Y la cosa mejora si además se ha suicidado en una remota aldea mexicana y ha dejado una confesión inculpatoria. Pero Marlowe había tenido tratos con aquel hombre y le había tomado cariño. Era un derrotado, pero tenía clase y sabía beber gimlets; era lo más parecido a un amigo que el detective podía esperar. Por eso no le gustó que muriera, no le gustó verle convertido en chivo expiatorio y aun le gustó menos que trataran de utilizarle a él, Philip Marlowe, para rematar la jugada. Por eso tardó tanto en echar un puñado de tierra sobre la tumba. Por eso fue un largo adiós.


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